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Batalla entre las batallas: sobrevivir al coronavirus

Miami, Estados Unidos, Venezuela, Caracas
Tío de la pareja asesinada y enterrada en galpón en Valencia sería el responsable

Verse en el espejo era quizás la única prueba material de supervivencia. “Aquí sigo”. Con la piel agrietada, la barba maltrecha, los labios despellejados, los ojos hundidos como reflejo de la pérdida de peso, la mirada extraviada, pero ahí seguía, en el ejercicio interminable de intentar reconocerme

Sí, llévelo al hospital, lo noto muy débil —concluyó la doctora, encargada de la revisión por videollamada, mediante la plataforma de Locatel. Se llamaba Berenice.

Había examinado de manera especial los movimientos del pecho, el color de los ojos y la tonalidad de las uñas.

Era la 1:44 de la madrugada del martes 12 de mayo. Mi esposa encontró ese servicio a distancia, en la desesperación de agotar todas las posibilidades de ayuda y números de emergencia. Fue el momento más crítico de la enfermedad, cuyos síntomas habían iniciado el domingo 3 de mayo, aunque se mantuvieron en un nivel moderado hasta una semana después, el domingo 10, cuando las fiebres comenzaron a descontrolarse.

Pero esa madrugada atroz se sumó a la temperatura mayor a 39.5 grados, la dificultad para respirar.

—¿Qué siente?— preguntaba la doctora.

—Que no me llega el aire —alcanzaba apenas a balbucear.

Desde el arranque del proceso, un médico amigo y otro del IMSS coincidieron en dos signos de alerta, cruciales en la determinación de acudir o no a un hospital: fiebre superior a 38 grados y dificultad para respirar. Y se cumplían las dos… Además del miedo, como espadazo letal.

Me fue asignado el Hospital General de Zona número 27, del Seguro Social, en Tlatelolco, en ese momento clasificado por las autoridades capitalinas con “disponibilidad media”.

—Llévelo ahí— se volvió a escuchar por el auricular la resolución inaplazable, agobiante.

Ella, mi compañera, aun desangelada, pidió el taxi: cobraba 132 pesos. Era ya el momento de intentar vestirse, ponerse los zapatos y partir a un destino incierto y de siempre aterrador.

—No quiero ir a un hospital, tengo miedo— repetía y repetía. Pero era eso u orar, mientras se buscaba al menos sostener la respiración.

Como pude, logré acomodar la almohada sobre el respaldo de la cama y recostarme: cerré los ojos, entregado ya por completo a la fe y al milagro de vencer la asfixia segundo a segundo. Escuché de nuevo los pasos de mi esposa, pero ya no hubo palabras ni apremios. Ni una sola alusión al traslado hospitalario. En cambio, apresuró desde el celular un poco de música relajante y me dio a oler un aceite esencial de lavanda e incienso usado con el mismo fin. 

Y ocurrió el milagro: me quedé dormido un par de horas.

Tras aquella decisión de aferrarse a la casa y al auxilio divino, vendría una cruzada cada vez más intensa, más desgastante. Fue, al fin, una lucha personal, aunque podría no tener nombre ni rostro. Si la cuento aquí es sólo por constatar su realidad ante las miradas todavía incrédulas, y por saberla compartida por miles de contagiados ajenos a las cifras oficiales, quienes asumieron la determinación de sobrevivir a la pandemia lejos del caos hospitalario.

Durante tres días más: hasta la madrugada del viernes 15 de mayo, continuaría la fiebre permanente y desenfrenada; por ratos, el asalto fantasmal de la escasez de aire. Apenas se lograba sortear una racha de temperatura y la frialdad en manos y pies anunciaba la siguiente. Era la batalla de las batallas: la medición constante con el termómetro, los fomentos de agua fría, las duchas tambaleantes de emergencia y la dependencia absoluta del reloj, de la toma siguiente del medicamento, al menos para aminorar los síntomas unos minutos.

No sólo eran las embestidas ardientes. Tampoco los apuros respiratorios o dolores despiadados por todo el cuerpo, cabeza y garganta. Ni la pérdida del gusto y del olfato. Ni los sobresaltos o la pesadez, como si se tuvieran bolas de boliche en lugar de células. No. Era también el pánico a lo desconocido, el desmoronamiento anímico.

La enfermedad se percibía como un hechizo siniestro en el cual los pequeños placeres de la vida ya no lo eran más. El comer, una suerte de martirio en medio de náuseas y mareos. El dormir, a veces un sopor intermitente y ligero; otras, una colección de pesadillas en las cuales seres peculiares deformaban sus rostros, se burlaban y se carcajeaban. Y, entre delirios, diálogos indescifrables con personas extrañas y la agobiante sensación de advertirse partido en dos: a la distancia, podía verme postrado en la cama, entre sudores y lamentos.

En esos lapsos, no alcanzaba el ánimo ni la fuerza siquiera para escuchar música, para leer o ver las películas recomendadas por familiares y camaradas. Los mensajes o llamadas de aliento de quienes se iban enterando de la situación pasaban como un zumbido efímero, volaban como papelitos arrastrados por el viento.

“Soñé con mi papá, y en el sueño decía que todos vamos a estar bien, que tú estarás bien”. 

Ellos, los hermanos, jamás se rendían, insistiendo en recuerdos de infancia y notas bleatleamanas de la niñez, pero sus anécdotas de aquellos días alegres significaban para la enfermedad simples estampas febriles.

—¿Y si debo estar en un hospital?”…

Se lloró por la propia muerte imaginada: “¿qué será de mis hijos adolescentes?”. Se lloró por la madre, principal fortaleza. Se lloró por los amigos ausentes; por quienes perdieron la batalla; por los muertos y por los vivos; por el pasado no aquilatado. Se lloró por el baile y la copa, por la brisa y el papel en blanco. Se lloró también de fe y de esperanza… Por la confianza de algún día poder contar en pasado las semanas amargas.

Verse en el espejo era quizás la única prueba material de supervivencia. “Aquí sigo”. Con la piel agrietada, la barba maltrecha, los labios despellejados, los ojos hundidos como reflejo de la pérdida de peso, la mirada extraviada, pero ahí seguía, en el ejercicio interminable de intentar reconocerme.

Habrían de soportarse los días entre esos diminutos pero vitales esfuerzos con los cuales se le robaban minutos al tiempo: arrastrar un vaso con agua, desempacar una pastilla, colocarse el termómetro, quitarse o ponerse los calcetines. Siempre bajo las mismas sombras, colores, objetos, formas, ruidos —el frenético e incesante paso del Metro— y fisuras en la pared. El tedio.

Y habría por fin de vencerse al monstruo, de despertar un viernes 15 cualquiera ya sin rastros de fiebre: 35 grados. Y no volvería. No volverá: vendrá sí, una recuperación paulatina, pero en paz. Otra vez la brisa, la música. Los vivos y los muertos. Otra vez, la vida…