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Opinión | Curiosa paradoja del presente

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Opinión | Curiosa paradoja del presente

O sea, en casi todos los terrenos, menos en la política mundial, se impone la sutileza, la mordacidad y la habilidad para no ofender. Es probable que esto signifique que estamos mejor como humanos al respetarnos más, al considerarnos mejor y al entender que no todo se puede decir del otro porque hay expresiones que laceran. Pero, también depende de la zona en la que se habla. En el humor, me perdonarán, pero deberíamos aumentar nuestro grado de libertad al máximo y soportar lo que se diga si no se tiene ánimo de ofender y difamar. Y usted me dirá: ¿Quién marcar ese límite? En definitiva la ley y el Estado de Derecho. ¿El lector recuerda cuando el neorrealismo italiano casi no usaba expresiones procaces? Lo sutil puede ser un volcán. No se requiere de lo soez

Francamente, la política siempre tiene peculiaridades especiales, en épocas en que matar es un delito, existía el duelo y por honor los hombres se quitaban la vida amparados por semejante instituto. Ahora no existe ese momento, pero se ha retornado a un grado de violencia retórica que hace mucho tiempo no se advertía en esta intensidad. Será circunstancial, quizá se vuelva a un diálogo civilizado, no lo sé, pero el ambiente está tenso en buena parte del planeta y no hay día en que no se lea un titular estridente de algún protagonista político en la escena mundial. Mientras tanto, las sociedades parecen más respetuosas para con sus minorías. Curiosa paradoja del presente

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Luis Emilio Velutini Urbina

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Luis Emilio Velutini

Si usted recuerda lo que eran los estilos formales de la política de hace algún tiempo, inclusive lo que es aún hoy, recargada de liturgias en todo el planeta, si se observa el advenimiento de políticos “rupturistas” (hace unos años estaba de moda la palabra “outsiders” en ciencia política) dotados de narrativas frontales muy próximos a discursos lapidarios (en la derecha y en la izquierda mundial), con franqueza impresiona en qué estamos. Para ser más claro: en política no se anda nadie con chiquitas, de alguna forma la colisión de trenes ideológica es intensa y el contencioso no se disimula. Los outsiders adentro de la fiesta.

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Esta claridad, sin embargo, ante la irrupción del “discurso políticamente correcto” no es igual en otros territorios de la vida social. Se advierte una contención en el espacio del humor donde se evita ingresar en “zonas delicadas”, se constata una literatura con sesgos dominantes y en los medios de comunicación se percibe mesura por no ingresar en narrativas que podrían ser lapidarias para quien incurre en las mismas. ¿El temor a la imputación, al reproche, al enojo o a pasar un mal rato puede más que la libertad? Estoy hablando del mundo occidental y de algunos, no de todos.

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Digamos la verdad, es una época en la que se ha ganado en madurez cívica, se visibiliza más la inequidad, se aprende en materia de diversidad, y la tolerancia ya no es un valor en sí mismo, sino que irrumpió la apertura mental -que es algo mejor que respetar el pensamiento del otro porque implica buscar si hay algo que me convence para salir de mi visión-, todo lo que construye un arco en principio más abierto

Pero es raro el asunto: en política hay derroche de narrativas crudas, extremas, radicales (en el mundo, digo) y en la sociedad hay cierto reduccionismo que se aplica en extremo a los territorios culturales. (¡Ojo con decir tal cosa!)

Dave Chapelle es uno de los comediantes más potentes de Estados Unidos. Me parece que él explica mejor este asunto cuando habla de lo difícil que es hacer humor con ciertos grupos minoritarios porque se parte de la premisa de que resulta ofensivo. Y justamente él, hombre con cabeza abierta, cero simpatizante de lo conservador, construye una narrativa en la que muestra con elocuencia estas contradicciones discursivas, con ejemplos que si el observador no presta mucha atención podría considerar improperios a sus mensajes de fondo. En realidad, lo que hace es defender a las minorías con las que ficciona y a las que ironiza. Paradójico que para hacer humor o hablar de la sociedad haya que hacer semejantes esfuerzos retóricos.

O sea, en casi todos los terrenos, menos en la política mundial, se impone la sutileza, la mordacidad y la habilidad para no ofender. Es probable que esto signifique que estamos mejor como humanos al respetarnos más, al considerarnos mejor y al entender que no todo se puede decir del otro porque hay expresiones que laceran. Pero, también depende de la zona en la que se habla. En el humor, me perdonarán, pero deberíamos aumentar nuestro grado de libertad al máximo y soportar lo que se diga si no se tiene ánimo de ofender y difamar. Y usted me dirá: ¿Quién marcar ese límite? En definitiva la ley y el Estado de Derecho. ¿El lector recuerda cuando el neorrealismo italiano casi no usaba expresiones procaces? Lo sutil puede ser un volcán. No se requiere de lo soez

Francamente, la política siempre tiene peculiaridades especiales, en épocas en que matar es un delito, existía el duelo y por honor los hombres se quitaban la vida amparados por semejante instituto. Ahora no existe ese momento, pero se ha retornado a un grado de violencia retórica que hace mucho tiempo no se advertía en esta intensidad. Será circunstancial, quizá se vuelva a un diálogo civilizado, no lo sé, pero el ambiente está tenso en buena parte del planeta y no hay día en que no se lea un titular estridente de algún protagonista político en la escena mundial. Mientras tanto, las sociedades parecen más respetuosas para con sus minorías. Curiosa paradoja del presente