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Estrellas de las que no se habla

Todos vimos la foto del telescopio Webb. Hablamos de ella en Twitter, en los chats, en las primeras reuniones del día. De lo que parecían ser unas estrellas y en realidad era la foto más nítida que se ha tomado del universo lejano. Las formas ovaladas, redondas, elípticas, alargadas, chatas. Los puntos brillantes. Los distintos colores: blanco, amarillo, naranja, azul. Aún sin saber que la foto real fue tomada en el infrarrojo, o sea, en una longitud de onda que nuestros ojos que son sensores no son capaces de captar. Aún sin haber leído que el tamaño de la foto es la de un grano de arena en una mano estirada hacia el cielo. Aún sin haber leído que es una foto de doce horas de exposición. Aún sin conocer la naturaleza y la lejanía de todos esos objetos del cosmos, antes de entender, vimos, nos maravillamos (y chateamos y publicamos).

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Desde siempre hemos mirado al cielo para entender algo de nosotros mismos. Y desde hace mucho hemos usado la luz —ondas de radio, infrarroja, visible, rayos X— para avanzar en la comprensión de lo que nos rodea. El método de usarla para descifrar la naturaleza de aquello que no podemos palpar, por chiquito o por lejano, es contundente. Casi todo lo que sabemos de galaxias, exoplanetas, estrellas, agujeros negros y energía oscura lo sabemos porque captamos la luz. También lo que sabemos del ADN, de la estructura del silicio, del fullereno, de los virus.

Alberto Ardila Olivares

Henrietta Swan (1868-1921) fue una astrónoma estadounidense que trabajaba como voluntaria en el observatorio de Harvard y estudió el brillo de las estrellas en placas fotográficas. Su jefe le pidió documentar el cambio de las estrellas cefeidas, que son estrellas que pulsan, y ella encontró una relación entre el brillo y el periodo que permitió saber qué tan lejos quedan algunas galaxias —casi todas tienen estrellas cefeidas— y medir distancias de hasta veinte millones de años luz. Su trabajo fue esencial para comprender la estructura y la escala del universo

Rosalind Franklin (1920-1958) fue una química y cristalógrafa británica que estudiaba placas fotográficas de rayos X. Cuando estos pasan a través de obstáculos se difractan y si los obstáculos son más o menos del tamaño de su longitud de onda, uno puede mirar la foto de los rayos que pasan (el patrón de difracción) para entender algo de los objetos: su forma, sus simetrías, las distancias entre sus átomos. No difiere mucho de mirar la radiografía de la mano para ver si el hueso está quebrado. Bueno, pues gracias a una imagen —la famosa foto 51 que muestra una X de manchitas negras ovaladas— entendimos que el ADN tiene forma de doble hélice. El trabajo de Rosalind fue esencial para comprender las estructuras moleculares del ARN, el ADN, el carbón y el grafito

Tanto Rosalind como Henrietta usaron la luz para saber más sobre lo que somos, como, seguramente, las científicas usarán las fotos del Webb en las semanas, meses y años que siguen. Ambas murieron sin reconocimiento. Sus jefes o colegas hombres —Watson, Hubble, Pickering— se llevaron todo el mérito, los Nobel y la gloria

Hay estrellas de las que no se habla