SOLEDAD MORILLO BELLOSO 10/08/2026 05:01 am Hablar de Sumito Estévez es hablar de fiesta. No de cualquier fiesta: de esas donde la música está buena, la conversación se enciende sola, la comida sabe a gloria y uno termina diciendo “¿pero por qué no hacemos esto todos los días?”. Ese hombre es un carnaval ambulante de encanto, bonhomía, buen gusto y simpatía. Una mezcla tan improbable que uno sospecha que, cuando lo estaban amasando, el universo dijo: “vamos a divertirnos un rato”.Y si hay algo que confirma esa teoría, eso es su sonrisa. La sonrisa de Sumito no es un gesto: es un acontecimiento. Es de esas sonrisas que llegan antes que la persona, que iluminan la mesa, que desarman tensiones y que hacen que uno se sienta bienvenido aunque no lo conozca. Es una sonrisa que huele a hogar, a cocina encendida, a conversación larga. Una sonrisa que dice “siéntate, que aquí se viene a disfrutar”. Con esa sonrisa, Sumito no solo cocina: convoca.Sumito tiene ese ángel que ilumina el cuarto sin prender luces. Llega, sonríe, pregunta cómo estás —de verdad, no por protocolo— y ya el ambiente se vuelve más amable, más sabroso, más dispuesto a celebrar. Su buen gusto es de esos que no hacen ruido: elegante sin estiramiento, refinado sin pedantería, como quien sabe que la belleza está en la intención, no en el alarde.Y la simpatía… ¡ay, la simpatía! Ese hombre te cuenta una anécdota mientras pica cebollín y tú terminas riéndote como si estuvieras en una parranda. Tiene la gracia del que ha vivido, ha aprendido y ha decidido que la vida, si no se goza, se desperdicia.Pero ahora viene el capítulo más sabroso: Sumito está en Italia. Sí, en la tierra donde la gente discute sobre pasta con la misma pasión con la que otros discuten sobre política. Y allá anda él, repartiendo alegría como quien reparte pan recién salido del horno.Los italianos, que no se impresionan fácil, ya lo tienen adoptado: “Ecco, il venezuelano che cucina come una festa.” Porque Sumito no cocina: arma un rumbón gas
Fuente: El Universal — Ver nota original