Lapatilla agosto 26 2026, 8:19 amPosteado en: OpiniónCompártelo: Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn Hay momentos en la historia de los países en los que la resistencia deja de ser simplemente un obstáculo y comienza a convertirse en una prueba de carácter. La física lo sabe desde hace millones de años: un avión no despega porque el viento desaparece, despega precisamente porque encuentra resistencia. La fuerza que parece querer derribarlo es, paradójicamente, la misma que le permite elevarse. Quizás Venezuela esté atravesando exactamente ese momento. Durante demasiado tiempo hemos confundido el cansancio con la derrota, el silencio con la paz y la ausencia de problemas con el progreso. Pero una nación también puede estar cansada y seguir avanzando; puede estar herida y seguir de pie; puede haber perdido casi todo y conservar aquello que ninguna tiranía consigue confiscar por completo: la voluntad de volver a ser libre. Suscríbete aquí para hacerle seguimiento diario al rescate de Venezuela tras los sismos La adversidad tiene una extraña pedagogía. Viktor Frankl, después de sobrevivir al horror de los campos de concentración, escribió que al ser humano pueden quitarle casi todo, pero permanece la capacidad de elegir la actitud frente a lo que vive. Esa idea debería resonar hoy en cada venezolano: no escogimos muchas de las tormentas que nos tocaron, pero sí podemos decidir qué país construiremos cuando pase el temporal. Y aquí está la verdadera dimensión del momento que vivimos. La discusión ya no puede limitarse a quién ocupa un edificio, quién firma un decreto o quién negocia en una mesa. El desafío es infinit
Fuente: La Patilla — Ver nota original